Mapear un territorio no es solo registrarlo. Es también una forma de afirmarlo, de decir: esto existe, aquí estamos, esta es nuestra historia. En el trabajo de campo que desarrolla LabCit con los productores del poniente de la CDMX, el mapeo participativo ha emergido como una de las herramientas más potentes —y más políticas— del proceso de investigación-acción.
En una zona como la alcaldía Cuajimalpa, donde la presión inmobiliaria convive cotidianamente con el suelo de conservación, hacer un mapa con las comunidades no es un ejercicio técnico neutral. Es un acto de reconocimiento, de memoria y, en muchos sentidos, de resistencia.
¿Por qué mapear?
La cartografía participativa parte de una crítica al mapa convencional: el mapa del Estado, el mapa del desarrollador inmobiliario, el mapa que traza lo que ‘vale’. Frente a esas representaciones que tienden a borrar o subalternizar las prácticas comunitarias, el mapeo participativo propone que las propias comunidades sean quienes dibujen su territorio: sus parcelas, sus caminos, sus fuentes de agua, sus sitios de intercambio, sus fronteras y sus disputas.
En los agroecosistemas periurbanos de la CDMX, esto tiene una dimensión particular: el territorio productivo no siempre coincide con los límites administrativos. Una barranca puede ser simultáneamente zona de conservación, espacio de cultivo informal y corredor comunitario. Solo quienes viven y trabajan ese espacio pueden trazar sus verdaderas dimensiones.
Metodología en territorio
El proceso de mapeo que acompaña LabCit combina técnicas de la investigación participativa con recursos visuales accesibles: desde croquis elaborados colectivamente en talleres hasta el uso de herramientas digitales que los propios productores aprenden a manejar. No se trata de imponer una tecnología, sino de elegir juntos cuál es la representación que mejor sirve a los objetivos de la comunidad.
Una investigación sobre agrobiodiversidad en agroecosistemas periurbanos de la CDMX documenta cómo, al trabajar con calendarios agrícolas participativos, emergen conocimientos sobre las especies presentes a lo largo del año que ninguna base de datos institucional registra: variedades locales de maíz, plantas medicinales de traspatio, árboles frutales de ladera. El mapa, en este sentido, es también un inventario vivo.
Fuente: CONABIO. Informe final Proyecto SG002. ‘Composición de la agrobiodiversidad en sistemas periurbanos de la CDMX’. conabio.gob.mx
El mapa como herramienta de negociación
Cuando una comunidad tiene su propio mapa, tiene también un argumento. Puede señalar con precisión cuáles son sus parcelas, cuáles son los límites del suelo de conservación, dónde están los puntos de conflicto con desarrollos urbanos. En un contexto donde la especulación inmobiliaria opera muchas veces por encima de los derechos comunitarios, el mapa participativo puede convertirse en un instrumento legal y político de primer orden.
El trabajo de LabCit en esta línea se enmarca en una comprensión de la investigación universitaria como práctica comprometida: no se trata de estudiar el territorio desde fuera, sino de co-producir conocimiento con quienes lo habitan. El mapa que emerge de ese proceso no pertenece al laboratorio, sino a la comunidad que lo construyó.



