Hay algo que ocurre cuando un productor pone sus tomates sobre una mesa y mira a los ojos a quien los va a comprar. Algo que no ocurre en un supermercado, ni en una plataforma de delivery. Ocurre un reconocimiento mutuo: el de quien produce y el de quien consume, el de quien sabe cómo creció ese tomate y el de quien ahora va a cocinarlo. En esa mirada hay una economía diferente.
El bazar de productores que impulsa LabCit junto a las comunidades del poniente de la CDMX nació de esa intuición: que el espacio de intercambio directo entre productor y consumidor no es solo un canal de distribución más eficiente, sino un laboratorio social donde se ensayan relaciones económicas, afectivas y territoriales distintas a las del mercado convencional.
Mercados directos: una tradición que resiste
Los mercados de productores tienen una larga historia en América Latina y en la CDMX en particular. Desde los tianguis prehispánicos hasta las ferias agroecológicas contemporáneas, la idea de que el campo y la ciudad se encuentran en un espacio de intercambio directo es parte del tejido cultural de la región. En los últimos años, este modelo ha ganado nuevo impulso a través de iniciativas como Mercado el 100, los Mercados de la Tierra de Slow Food y los mercados campesinos organizados por colectivos de productores.
Estas experiencias comparten una premisa: el mercado directo, además de garantizar precios más justos para el productor y productos más frescos para el consumidor, construye comunidad. El espacio del mercado es también un espacio de conversación, de intercambio de semillas, de transmisión de saberes, de visibilización de identidades territoriales.
Fuente: Mercado el 100. ‘Primer Diálogo por la Soberanía Alimentaria’. Febrero 2025. mercadoel100.org
El bazar del poniente: qué es y qué no es
El bazar que acompaña LabCit no pretende ser una feria de productos orgánicos para consumidores de altos ingresos —un riesgo real en el que han caído muchas iniciativas similares—. Su propuesta es más modesta y más radical al mismo tiempo: crear un espacio de intercambio anclado en el territorio del poniente, con los productores de ese territorio, para las comunidades de ese territorio.
Esto implica trabajar sobre preguntas concretas: ¿Cómo se fijan los precios de forma justa? ¿Qué papel tiene el trueque junto al intercambio monetario? ¿Cómo se garantiza la continuidad del bazar en el tiempo? ¿Cómo se evita que se convierta en un evento de consumo cultural desconectado de las comunidades productoras? Son preguntas que el equipo de LabCit trabaja junto a los productores, no en su lugar.
Un laboratorio, no solo un mercado
Llamamos ‘laboratorio’ al bazar porque es un espacio de experimentación. Cada edición permite observar cómo se negocian los precios, cómo circula la información sobre los productos, qué relaciones se establecen entre productores de diferentes zonas del poniente, qué papel juegan las mujeres en el proceso de venta. Esas observaciones alimentan la investigación de LabCit y, al mismo tiempo, se devuelven a las comunidades como herramientas para mejorar su propia organización.
El bazar, en ese sentido, es investigación encarnada: conocimiento que se produce en el territorio, con el territorio y para el territorio.


